viernes, 2 de noviembre de 2012

La lengua absuelta


Elías Canetti nació en Bulgaria en 1905 en el seno de una familia judía sefardí. Su apellido proviene de Cañete, un pueblo de Cuenca que le hizo hijo adoptivo. En Rustchuk, su ciudad natal, se hablaban cuando él era niño numerosas lenguas. "En un mismo día", recuerda Canetti en el primer volumen de su autobiografía La lengua absuelta, "se podían escuchar siete u ocho idiomas diferentes", porque la ciudad era el hogar no solo de judíos españoles, sino también de búlgaros, turcos, griegos, albanos y gitanos, además de rumanos y rusos.

El español medieval de los sefardíes fue su primera lengua, aunque el futuro escritor estaba expuesto a otra lengua en su hogar. Si bien sus padres siempre hablaban con sus hijos en español sefardí, entre sí se comunicaban en alemán. Fue quizás algo natural que Elías sintiera una gran fascinación por una lengua que pertenecía solo a los mayores: "los escuchaba con la máxima atención y luego preguntaba qué quería decir esto o aquello. Yo creía que eran cosas maravillosas que solo podían expresarse en esa lengua. Después de suplicar inútilmente me iba a una habitación que apenas se utilizaba y repetía para mí las frases que les había oído a ellos, con la misma entonación, como si fueran conjuros mágicos".

Las criadas de la casa no fueron tan reticentes a la hora de compartir sus conversaciones y con ellas el pequeño Elías aprendió búlgaro. En su autobiografía afirma que no recuerda cómo ni cuándo pero que muchos de sus recuerdos infantiles los conserva en este idioma.

Cuando Elías Canetti contaba 6 años la familia se trasladó a Inglaterra buscando un futuro mejor en Manchester, pero el padre de Elías murió repentinamente y la madre se vio obligada a trasladarse de nuevo a Viena. Elías tenía entonces 8 años y su madre temía que no fuera aceptado en el colegio por no saber alemán. Se propuso entonces enseñarle en solo tres meses el idioma que antes le había negado y lo hizo con el curioso método de hacerle repetir frases en alemán hasta que las pronunciaba aceptablemente para ella, entonces le decía el significado una sola vez y Elías debía recordarlo para siempre. La madre pensaba que los libros no servían para aprender un idioma, que había que escucharlo y hablarlo y solo después se podía consultar una gramática o ver las palabras escritas. Así aprendió Elías el idioma con el que conseguiría ser Premio Nobel de Literatura en 1981: "una tardía lengua materna, inculcada a base de auténticos sufrimientos", según sus propias palabras.

Canetti, Elías: La lengua absuelta, Barcelona, Muchnik editores, 1980.

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