miércoles, 23 de abril de 2014

La seducción de las palabras

The Helga Portrait, de Andrew Wyeth

"Nada podrá medir el poder que oculta una palabra. Contaremos sus letras, el tamaño que ocupa en un papel, los fonemas que articulamos con cada sílaba, su ritmo, tal vez averigüemos su edad; sin embargo, el espacio verdadero de las palabras, el que contiene su capacidad de seducción, se desarrolla en los lugares mas espirituales, etéreos y livianos del ser humano.

Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero atraen antes la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo. Viven, pues, también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan, y se muestran entonces con más vigor, porque surgen con la fuerza de los recuerdos descansados.

Son las palabras los embriones de las ideas, el germen del pensamiento, la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición oficial y simple de los diccionarios. En ellos se nos presentan exactas, milimétricas, científicas... Y en esas relaciones frías y alfabéticas no está el interior de cada palabra, sino solamente su pórtico. Nada podrá medir el espacio que ocupa una palabra en nuestra historia."

Alex Grijelmo: La seducción de las palabras

domingo, 20 de abril de 2014

Cuando llegan los mejores días de primavera (y II)

Aloe, Picking at Cagnes, de Pierre-Auguste Renoir

La muerte de García Márquez me llevó a escribir un post que ha pospuesto la publicación de la segunda parte de la cita de Andrés Trapiello. No sé AT, pero el sol está claro que se ha enfadado conmigo. Tras unos días de lucir radiante, hoy se ha retirado a sus aposentos y nos ha dejado con el típico día gris y lluvioso de estas tierras. En Domingo de Pascua. En fin, espero que los que me lean por otros lares tengan más suerte.

"El aire era limpio, ligero, perfumado. (...) Con aquella luz de la mañana todo estaba como recién sacado de su caja, brillante, relimpio, sin estrenar, las hojas plateadas de los olivos, la hierba de los olivares cuajada de millones de pequeñas flores moradas que llaman aquí manto de la virgen, y otras amarillas, que tienen el nombre de gallitos de la Reina. Y como ya desde primera hora empezaba a hacer calor, todo estaba en ebullición. No se sabe de dónde habrán salido tantos pájaros, y todos cantando al mismo tiempo. Y los mosquitos, y las hormigas, y los escarabajos. Se diría que estaban de limpieza general, después de abrir la ventanas y puertas de par en par en sus casas y sacado afuera los enseres.

Te quejarás de haber venido..., me dijo el sol. Venía a mi lado, en realidad delante o detrás, sin poder estarse quieto. Es todavía muy joven como para saber caminar reposadamente a mi lado, como hacemos las personas mayores. Se detuvo y me dijo que me sentara en una piedra, en una sombra que daba una encina, en lo alto del olivar. Era una sombra azul, como si fuera un visir de otro azul superior, el azul califa como si dijéramos, que gobernaba el cielo. Así lo hice. Fue entonces él el que me pidió que no dijera nada. Protesté, le dije que quien no hacía más que hablar todo el rato era él, y que ya que lo mencionaba, estaría bien que se estuviera un poco callado. No, me dijo, me refiero a tus pensamientos, hacen todavía demasiado ruido y me molestan. Tenía razón. Al rato me susurró a la oreja: Presta atención y escucha. Y era verdad: todo cuanto tenía delante, el tejado de La Merced, todavía detrás de una celosía, los otros lagares a lo lejos, las casas del Pago, la iglesia y el infinito eran en realidad como un marco para cosas más bulliciosas y menudas. Había a mis pies un hormiguero y la caravana de hormigas dejaba de lado mi zapato; y una tijereta colorada y negra que movía sus tenazas como hace un jardinero con sus tijeras, haciéndolas chascar en el aire antes de metérselas al seto; y encima, una corona de mosquitos liando su madeja... Estoy convencido de que si se hubiese podido amplificar el sonido de todo aquello habría quedado maravillado, porque entre todas estas criaturas, sin contar, naturalmente, el coro de los pájaros, estaban interpretando un musical, como los que se hacen en Broadway, esos en los que sale cantando todo el mundo, moviéndose de un lado para otro y aspando los brazos. La primera impresión era que todos iban a lo suyo, pero bastaba quedarse mirando unos minutos para comprender que me hallaba en el estreno mundial del que sin duda va a ser el éxito del año. Le entraban a uno ganas de liliputiense para ponerse a bailar claqué al lado de la colega oruga y su novio el tabardillo."

Andrés Trapiello: La manía

viernes, 18 de abril de 2014

Macondo en Grecia

Signora in blu, de Leo Putz

García Márquez es como un terremoto: todos tenemos una historia que contar acerca de nuestra experiencia con él. Yo recuerdo vivamente mi lectura de Cien años de soledad. Me había resistido con obstinación a leer el libro porque todo el mundo hablaba de él, presa de la altanería propia de la juventud pensaba que no encontraría nada nuevo en ese libro de moda.

Finalmente me lo llevé en un viaje a Grecia y desde que empecé con el Coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, solo pensaba en volver a sumergirme entre sus páginas. Tendría yo 22 o 23 años, apenas había viajado, pero me exilié voluntariamente de Atenas para irme a vivir a Macondo. Durante todo el día, mientras viajaba a Epidauro o a Delfos, solo pensaba en el momento de volver al hotel y abrir el libro. Yo misma estaba medio enfadada conmigo por no disfrutar más de aquel viaje tan largamente deseado, pero no estaba en mi voluntad. El libro supuso un antes y un después en mis lecturas y la primera página de Cien años de soledad solo puede compararse, creo yo, al principio de El Quijote. Gracias Gabo, que la tierra te sea leve.

miércoles, 16 de abril de 2014

Cuando llegan los mejores días de primavera

Reverie, de Robert Reid

En San Sebastián la primavera ha llegado después de un invierno que se nos ha hecho a todos muy largo. Invierno y crisis son una pareja que pesa. Ando leyendo a Andrés Trapiello y uno de estos días me he tropezado con unas páginas tan hermosas y tan a propósito de los días que vivimos que me ha parecido hasta egoísta quedármelas para mí sola. Las comparto con ustedes en esta entrada y la siguiente. La cita es un poco larga pero yo creo que merece la pena. Ya me dirán.

"Se había metido el sol por la reja del estudio, como un gato, arqueando el lomo y afilando la cabeza. llegaba muy ufano, con la armadura bruñida y limpia, después de dejar fuera de combate las ramas de un alcornoque, en las que suele dejarse la piel los días nublados del invierno. Pero del invierno ya nos hemos olvidado del todo. Ese sí que ha quedado definitivamente tendido en el campo de batalla. ¿Quién recogerá su cuerpo sin vida? ¿En qué cabaña estada llorando por él la joven que lo amaba? Si a la cabaña de los pobres llegara el cartero, le pondría un telegrama de condolencia y le enviaría unas flores. Tiene que ser muy doloroso morirse justo en el momento en que empiezan a nacer todas las flores. Más incluso, tener que morirse uno para que todo lo demás florezca. Dejó el sol la loriga junto a la estufa y la lanza apoyada en la pared, y se sentó en la cama. Ni quería él trabajar ni que lo hiciera yo. Me gusta, no obstante, cuando llegan los mejores días de primavera, que el sol venga a visitarle a uno, porque teniendo tantos lugares a los que ir, castillos, mansiones, haciendas, busca nuestra pequeña casa. Pero no me gusta, en cambio, que entre de esa manera tan ostentosa, porque alguien podía verle y despertarle la envidia. En los pueblos pequeños todo se comenta y la envidia prende pronto. Tienen el sol para ellos todo el día, pero basta que se pare a hablar con uno unos minutos para que empiecen a sospechar que uno busca algo más. Allí lo tenía, sentado en el borde de la cama, con impaciencia. El hecho de que venga me permite incluso que me dirija a él como un poeta simbolista, a lo Francis Jammes: hermano sol, le digo, si quieres quedarte conmigo, no digas nada, no me distraigas, estáte ahí tranquilo sin decir una palabra; tengo que terminar mi trabajo. Le hablo como a un hermano menor, y él es obediente, cruza los pies y empieza a moverlos. No le llegan al suelo y viene en pantalón corto, y comienza a balancear las piernas, con las rodillas juntas y las manos debajo de los muslos. Mueve los pies como un péndulo. Conozco bien su estrategia, que es ponerme nervioso y distraerme. Si protesto, y le digo que se esté quieto y no me distraiga, él me dirá que no ha dicho nada, que le ordené silencio y que no ha sido él precisamente quien lo ha roto. Es su estrategia. Sabe que es suficiente estarse a mi lado un rato de ese modo moviendo los pies y mirando a la ventana, para que tarde o temprano no pueda uno vencer la tentación y acabe diciéndole, de acuerdo, vamos fuera. Y eso es lo que ocurrió a los cinco minutos."

Andrés Trapiello: La manía

lunes, 14 de abril de 2014

¿Y el plural?

Woman in a Sleeveless Pink Dress, de Chantal Joffe

Uno de estos días leía en la red la recomendación de utilizar fanes como plural de fan y, la verdad, no me imagino a un presentador de televisión diciendo que "los fanes de David Bisbal han pasado ocho horas haciendo cola", por poner un ejemplo.

Pero ciertamente este aspecto del plural de los extranjerismos es una de esas cuestiones en las que triunfa la calle y no la Academia. La RAE nos dice que añadamos "es" para formar el plural siempre que sea posible, y así tenemos faxes, sandwiches píxeles, pero hay algunas palabras que se resisten a esta norma, como por ejemplo, toneres, y entonces se generaliza toners, incluso aunque casi no se oiga la s final. En cambio, en los extranjerismos terminados en consonantes "extrañas", como k o b, la Academia recomienda añadir solo la s, por ejemplo, kayacs o esnobs. 

Puede resultar un poco anárquico, pero es más bien cuestión de sentido común, como en tantas y tantas cosas.

martes, 8 de abril de 2014

"Así eran los días de antaño"

Lavanderas en las orillas del río Touques, de Eugene Boudin

""Así eran los días de antaño", repitió textualmente la panadera, meneando la cabeza. Como si hablara consigo misma. Recordaban tales diálogos a una novela de Francis Jammes o Thomas Hardy, en ellos una vez más se daba entrada al espejismo del pasado como único consuelo para el presente.

En Trujillo aún dice la gente, en el habla diaria, palabras como hogaño y antaño. No hay en ello alarde libresco, nunca han oído hablar de Villon ni de sus neiges d'antan. Ayer mismo Manuel, refiriéndose a la escasez del agua y a lo poco que duran en los pozos en el estío, dijo: "Lo que la luz de un relámpago".

La poesía es eso mismo, sin quitar o añadir una sola palabra."

Andrés Trapiello: El jardín de la pólvora

jueves, 3 de abril de 2014

Alpinista y andinista

Learn to Dance, de Noëlla Roos


Es curioso cómo manejamos las palabras sin pensar en lo que encierran. Verán, esta mañana me he encontrado con que lo que en España denominamos alpinista en Sudamérica es andinista y entonces me he dado de bruces con los mismísimos Alpes dentro de la palabra alpinista, aspecto que me había pasado desapercibido y del que solo he sido consciente al ver las dos cadenas montañosas contrapuestas: de los Alpes a los Andes.