martes, 4 de agosto de 2015

Política lingüística

The Velvet Glove, de Elizabeth Chapin

La política lingüística es algo que, desgraciadamente, suele estar más en manos de los políticos que de los lingüistas. Por regla general, son políticos que se pierden en cantos de sirena que creen haber oído de su electorado. En esta fiebre nacionalista tan de moda en Europa terminan convencidos de que, si otras autonomías tienen una lengua propia, por qué no la van a tener ellos.

Esta idea nace de la concepción de la lengua como una mera cuestión estadística, si tenemos X número de palabras y X número de hablantes potenciales, ya tenemos una identidad lingüística propia, sin pensar que una lengua no es un polideportivo que uno construye de hoy para mañana, sino que necesita de un pasado, una literatura, un sentimiento de arraigo y un deseo de adhesión en sus hablantes.

Y así se abordan planes sociolingüísticos que jamás se abordarían si se tratara del Ministerio de Fomento, por poner un ejemplo. Nadie propondría construir un embalse sin saber por dónde pasa el río, pero algunos proponen destinar fondos a crear una gramática del aragonés allí donde nunca hubo tal idioma y así desperdician recursos emprendiendo tareas que, aun en el caso improbable de que prosperasen, resultarían inútiles.

Este deseo de tener una lengua propia está muy bien, así como uno desearía ser más sabio y mejor, pero los políticos están para solucionar problemas y no para crearlos, para gestionar bien los recursos públicos y no para malgastarlos. Y no sigo porque esto va a parecer "Los mundos de Yupi".

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