domingo, 16 de marzo de 2014

Leyendo el pensamiento

View of Riva in the Italian Tyrol, de Jean-Baptiste Camille Corot

La ciencia está a punto de convertir en realidad una de mis peores pesadillas: que te puedan leer el pensamiento. No es solo porque una sea especialmente malvada, que lo soy, sino sobre todo porque siempre me ha parecido que el pensamiento es el último reducto de libertad que le queda al ser humano.

Pues bien, según una investigación publicada en Plos Biology, se ha conseguido emitir un sonido a partir las ondas cerebrales de una persona. El experimento consiste en colocar unos electrodos en el cerebro de un voluntario, otra persona dice una palabra que es escuchada por el voluntario, los electrodos colocados en el cerebro de este último registran las ondas que se producen y las convierten en sonido a través de un sintetizador de voz.

La investigación parte del descubrimiento de que cuando pensamos una palabra, las ondas cerebrales que se producen en la región del cerebro que analiza el lenguaje son muy parecidas a las que se generan cuando pronunciamos esa palabra, es decir, que cuando pensamos en un árbol se activa la misma área del cerebro que cuando oímos esa palabra.

Otra cuestión a plantearse es si todo nuestro pensamiento está formado por palabras, cuando pensamos en 'azul', ¿pensamos en la palabra azul o vemos algo así como una mancha azul?

Esta investigación, aparte de la utilización que pudiera hacer la CIA, tendría múltiples aplicaciones beneficiosas: permitiría hablar a aquellas personas que no tienen aparato fonador, a las que estando en estados vegetativos oyen y piensan pero no pueden comunicarse con el exterior, etc.

Me queda una pregunta bailando por ahí: para evitar que nos lean el pensamiento ¿habrá que pensar sin pensar en palabras?, ¿se puede?


2 comentarios:

  1. Puede ser divertido. Pero leer el pensamiento a las que son como yo, con una agitada, turbulenta y excitante vida pensante, puede ser igual que una montaña rusa. Buena semana amiga.

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    1. Jajaja, se volvería loco el ordenador.
      Un abrazo, Bea.

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