domingo, 20 de abril de 2014

Cuando llegan los mejores días de primavera (y II)

Aloe, Picking at Cagnes, de Pierre-Auguste Renoir

La muerte de García Márquez me llevó a escribir un post que ha pospuesto la publicación de la segunda parte de la cita de Andrés Trapiello. No sé AT, pero el sol está claro que se ha enfadado conmigo. Tras unos días de lucir radiante, hoy se ha retirado a sus aposentos y nos ha dejado con el típico día gris y lluvioso de estas tierras. En Domingo de Pascua. En fin, espero que los que me lean por otros lares tengan más suerte.

"El aire era limpio, ligero, perfumado. (...) Con aquella luz de la mañana todo estaba como recién sacado de su caja, brillante, relimpio, sin estrenar, las hojas plateadas de los olivos, la hierba de los olivares cuajada de millones de pequeñas flores moradas que llaman aquí manto de la virgen, y otras amarillas, que tienen el nombre de gallitos de la Reina. Y como ya desde primera hora empezaba a hacer calor, todo estaba en ebullición. No se sabe de dónde habrán salido tantos pájaros, y todos cantando al mismo tiempo. Y los mosquitos, y las hormigas, y los escarabajos. Se diría que estaban de limpieza general, después de abrir la ventanas y puertas de par en par en sus casas y sacado afuera los enseres.

Te quejarás de haber venido..., me dijo el sol. Venía a mi lado, en realidad delante o detrás, sin poder estarse quieto. Es todavía muy joven como para saber caminar reposadamente a mi lado, como hacemos las personas mayores. Se detuvo y me dijo que me sentara en una piedra, en una sombra que daba una encina, en lo alto del olivar. Era una sombra azul, como si fuera un visir de otro azul superior, el azul califa como si dijéramos, que gobernaba el cielo. Así lo hice. Fue entonces él el que me pidió que no dijera nada. Protesté, le dije que quien no hacía más que hablar todo el rato era él, y que ya que lo mencionaba, estaría bien que se estuviera un poco callado. No, me dijo, me refiero a tus pensamientos, hacen todavía demasiado ruido y me molestan. Tenía razón. Al rato me susurró a la oreja: Presta atención y escucha. Y era verdad: todo cuanto tenía delante, el tejado de La Merced, todavía detrás de una celosía, los otros lagares a lo lejos, las casas del Pago, la iglesia y el infinito eran en realidad como un marco para cosas más bulliciosas y menudas. Había a mis pies un hormiguero y la caravana de hormigas dejaba de lado mi zapato; y una tijereta colorada y negra que movía sus tenazas como hace un jardinero con sus tijeras, haciéndolas chascar en el aire antes de metérselas al seto; y encima, una corona de mosquitos liando su madeja... Estoy convencido de que si se hubiese podido amplificar el sonido de todo aquello habría quedado maravillado, porque entre todas estas criaturas, sin contar, naturalmente, el coro de los pájaros, estaban interpretando un musical, como los que se hacen en Broadway, esos en los que sale cantando todo el mundo, moviéndose de un lado para otro y aspando los brazos. La primera impresión era que todos iban a lo suyo, pero bastaba quedarse mirando unos minutos para comprender que me hallaba en el estreno mundial del que sin duda va a ser el éxito del año. Le entraban a uno ganas de liliputiense para ponerse a bailar claqué al lado de la colega oruga y su novio el tabardillo."

Andrés Trapiello: La manía

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